Como dibujar un plano de una casa

Naturalmente, el siguiente análisis es el del equipamiento, desde las puertas hasta los armarios empotrados, desde los muebles de cocina hasta el sofá del salón.
¡Quién sabe cuántas veces habremos sentido el deseo de cambiar de sitio los muebles de nuestro apartamento para conseguir una disposición más espaciosa y funcional! Tal vez hayamos renunciado a ello por considerarlo demasiado fatigoso o por no tener la seguridad de que el espacio sea suficiente para que cierta puerta se abra o para que el pasillo siga siendo transitable.
Ahora, con el plano a la vista, podemos idear, proyectar y comprobar todos los cambios deseados, cualquier nueva disposición, modificación o innovación, con unos simples trazos de lápiz. Unos trazos que, dibujados a escala en la proporción correcta, pueden darnos una idea exacta de las posibilidades reales de llevar a cabo un determinado proyecto y que permiten numerosas comprobaciones y cambios. Para mayor comodidad se pueden recortar las plantas de los muebles, dibujadas a escala (por ejemplo, de 1/50) sobre una cartulina, y distribuirlos sobre el plano sin cansancio alguno. Será un ejercicio divertido, pero sobre todo podrá ser un ejercicio útil.
Los esquemas de esta página, que incluyen anotaciones de las dimensiones de la habitación, ilustran la posibilidad de estudiar las distintas distribuciones utilizando secciones recortadas de los muebles.

Litografías decorativas

El complejo mundo de las plantas, complicado no sólo por su infinita variedad, sino también por las múltiples partes y funciones que las componen, puede ir acercándose a nosotros a través de pequeños ejemplos. Las litografías que cada mes reproducimos para su colección, no sólo supondrán una agradable nota de color una vez enmarcadas, también le permitirán conocer algo más de las flores que habitan en su entorno.

Obra de André Derain

LAMINA DEL MES.
La “Colección de láminas enmarcables de pintura” continúa en nuestro site. Este mes el artista seleccionado ha sido André Derain. Acompaña a esta lámina una litografía reproducida de la Colección “Flores”.
Coincidiendo con la exposición sobre el pintor francés André Derain, que hasta el 29 de junio se puede visitar en el Museu Picasso de Barcelona; hemos seleccionado, en esta ocasión, uno de sus óleos realizado en 1906 con el título L’Estaque. De la larga trayectoria de este artista, la exposición recoge el periodo comprendido entre los años 1904 y 1912, una época especialmente rica en su producción. En concreto, en este cuadro se puede apreciar la influencia del movimiento Fauvista, del que el pintor fue miembro. El color, su función básica y constructiva en el Arte, es pieza principal en la pintura de Derain.

Tecnicas para dibujar a lapiz

4. Nicolás de Largillierre o Largilliére (1656-1746): Estudio para un magistrado de los mercaderes; técnica de los tres lápices: lápiz negro, sanguina y realce con albayalde; 400 X 257 mm (Btsancon, Museo de Bellas Artes).
Los esquemas 1, 2y 3 intentan representar distintos momentos de diferentes técnicas: el primer esquema representa un momento inicial del desarrollo del dibujo con sanguina; el segundo trata de representar la figura dibujada con sanguina mediante efectos de colores dados por el albayalde y el lápiz negro; en el tercer esquema, ha adquirido mayor solidez únicamente gracias a la sanguina; la cuarta ilustración es el dibujo definitivo.

Ejemplos de técnicas de dibujo a lapiz

Las figuras 1 y 2 ilustran dos momentos intermedios del desarrollo del dibujo: en la primera, la técnica empleada es únicamente la sanguina; en la segunda se emplean la sanguina y el lápiz negro juntos, pero sin lápiz blanco; la tercera figura representa el dibujo completo según la técnica de los tres lápices.

Técnica de los tres lápices

La técnica llamada de los tres lápices resulta del empleo de un lápiz negro, de una sanguina y de un lápiz blanco (o de una tiza o del blanco de plomo o albayalde).
Al principio de su desarrollo, esta técnica se utilizó sobre todo para los retratos. Resulta bien evidente la riqueza de tonos y la eficacia de los resultados que se pueden obtener mediante una técnica que, con extrema sobriedad de medios, es capaz de proporcionar la tonalidad de la carne y la suavidad de las sombras mediante la sanguina, los colores pardos y más oscuros mediante el lápiz negro y, finalmente, la luminosidad del blanco mediante el “realce” de yeso, del blanco de plomo (acuarela densa, cubriente).
La técnica de los tres lápices, muy apreciada por artistas franceses como La Fos-se, los Coypel, Boucher y otros, tiene uno de los mejores exponentes en Antoine Wat-teau, que trabajó en las dos primeras décadas del siglo xvm. Watteau utiliza los tres lápices principalmente para los estudios de sus cuadros. Pero esos esbozos, precisamente por la particular “afinidad” del estilo del autor con la técnica de los tres colores, acaban adquiriendo autonomía, configurándose como obras perfectas por sí mismas.
En él, como ocurre también en los demás autores de su tiempo, tales como Nicolás de Largillierre (del que en la página  presentamos un dibujo particularmente atento al arreglo de los pliegues y a los detalles) o como en Francois Boucher (del que en la página ofrecemos un estudio preparatorio para una pintura, que a su vez servirá de modelo para las tapicerías Gobelins), las posibilidades de la técnica se llevan hasta los más altos niveles: vigor del lápiz negro en contraste con el juego sutil de las “luces” blancas, pero sobre todo tono y difuminado de la sanguina, capaz de sugerir la blandura de la carne, la delicadeza de los pliegues, las diferencias de tono y de luz.
¿Cómo se utilizan los tres lápices? El fundamento del dibujo mediante esta técnica, siempre sobre papel de color, sigue siendo la sanguina, que constituye la estructura de la composición, destacando y determinando casi siempre la composición, la figura, el arreglo de los pliegues, pero también el paisaje o el fondo.
Sobre el dibujo con sanguina, que mantiene su propia autonomía, interviene el lápiz negro para reforzar los tonos de la sombra allí donde es necesario, y para conferirles las tonalidades más oscuras a las zonas de distinto color: entre el tono caliente de la sanguina y el más frío del negro se articulan los numerosísimos matices o gradaciones posibles obtenidos mediante el entrecruzado o la mezcla de la sanguina con el grafito negro, en una gama riquísima y sugestiva.
Finalmente, los toques del lápiz blanco, o de la tiza, confieren al dibujo el relieve, la suavidad, la luz, la transparencia y la luminosidad, que el color de fondo del papel, pero sobre todo la relación con los tonos de la sanguina, del negro, y de su mezcla, logran exaltar de manera típica e irrepetible.
Antoine Watteau: Estudio de cabezas, lápiz negro, más sanguina, con toques de luz de blanco de plomo sobre papel beis; 270 X 420 mm (París, Museo del l’etit l’alais).
En los esludios de las figuras femeninas y masculinas, la famosa técnica de los tres lápices consigue alcanzar plenamente sus posibilidades expresivas de la forma y del volumen, de la luzy de la sombra, del blancoy del negro, de los colores y de los tonos.

Biografia de Paul Klee

Klee y sus demonios.
El pintor suizo Paul Klee, refiriéndose a sus experiencias infantiles, dice en el n.” 10 de su Diario:
«Los espíritus malignos que dibujaba adquirían consistencia corpórea. Buscaba la protección de mi madre y me quejaba de que los pequeños demonios mirasen dentro por la ventana.»
Y en el n.” 27, Klee escribe:
«En el restaurante de mi tío, el hombre más corpulento de toda Suiza, había mesas de mármol pulido cuya superficie, gastada por el tiempo, presentaba toda una maraña de surcos. En este laberinto de líneas se podían distinguir figuras humanas grotescas y era posible delinearlas ron el lápiz Yo punía un gran empeño en ello, demostrando de este modo mi afición por lo extraño.»
(Paul Klee, Diario, números 10 y 27.)
La habitación de Paul Klee:
Los dos dibujos de esta página, realizados con un año de intervalo entre sí, desarrollan el mismo tema: la habitación de Paul Klee en Berna, en la casa del n.” 8 de Marienstrasse, vista según dos formas distintas de representación. El primero es una vista en perspectiva; el segundo, en cambio, es una planta analítica, acompañada por numerosas anotaciones.
El primer dibujo del joven Klee (en aquel entonces tenía sólo 17 años) está realizado con trazos entrecortados, que sirven de base a la aguada.
Más curioso y, sin duda, más interesante es el segundo dibujo, en el que Klee se afana en representar en planta todos los objetos el cuaderno, la pluma sobre la mesa e incluso el gato, en el ángulo inferior izquierdo; el gato vuelve a estar presente en la escena de jardín con regadera. Incluye además comentarios escritos (como, por ejemplo, «mesa de trabajo: ¡oh ironía!»), cuya principal función es la de personalizar la habitación; en el centro, donde se cruzan las flechas que indican los puntos cardinales, escribe: «hic ego!»» («¡aquí estoy yo!»).
Buscarse a sí mismo a través del entorno:
Las dos imágenes de la habitación, la realizada en planta y la hecha con perspectiva, pretenden revelar una fase fundamental de la vida del joven pintor: la de su adolescencia y sus primeras inquietudes; y constituyen un testimonio directo de un largo relato, ampliamente desarrollado en su Diario. Sin embargo, la misma interpretación personal que caracteriza tanto la vista en perspectiva como la redacción de la planta (haciéndola perder toda la objetividad de una representación geométrica y convirtiéndola en un dibujo totalmente personal) confirma la búsqueda de un conocimiento analítico auténtico y preciso del propio yo a través del entorno.
La habitación propia, en la que se vive y se trabaja, es un tema que siempre ha interesado a los artistas, no sólo como “espacio envolvente”, sino también como “espacio” en el cual se manifiesta la propia personalidad en miles de detalles.
Todos estos detalles merecen un lugar y un comentario en los dibujos de Klee, tanto en la perspectiva como en la planta, y son reseñados con una meticulosidad y una atención que trascienden al simple hecho gráfico.
1. Paul Klee (1879-1940): Mi habitación (1896), pluma con tinta china y acuarela; 121 X 192 mm (Berna, Fundación Paul Klee).
2. Paul Klee: Mi habitación (1897),pluma con tinta negra; 170 X 214 mm (Berna, Fundación Paul Klee).

Dibujos de John Ruskin

Dibujar todas las cosas que amo.
El mismo Ruskin confiesa: «Existe en mí un fuerte instinto, imposible de analizar, que me impulsa a dibujar y a describir todas las cosas que amo… Me complacía en dibujar, una por una, todas las piedras de San Marcos, de todo Venecia, para fijarlas después en mi cabeza, pieza a pieza…»
John Ruskin, crítico de arte y escritor inglés, auténtico genio de la época victoriana, llegó a Venecia en el mes de noviembre de 1849 dispuesto a instruir a sus conciudadanos acerca del verdadero significado de la arquitectura. Eligió como tema de su libro, que titularía Las piedras de Venecia, el ejemplo artístico e incluso social de esta ciudad extraordinaria, decadente y fascinante a la vez, y llenó de anotaciones, apuntes, dibujos y bocetos a la acuarela sus agendas, que siguen siendo uno de los documentos más significativos de la práctica de la medición y del dibujo.
En sus dibujos se manifiestan a la vez el “viajero” entusiasta y con ansias de conocer, el “observador” curioso y sensible, con capacidad para ver, el “estudioso” y, por último, el “dibujante” que, aunando las cualidades de todos ellos, analiza y registra por medio del dibujo los elementos de la que ha sido llamada “arquitectura por excelencia”: el gótico de Venecia. Singular retrato de Venecia, el que hizo Ruskin: un itinerario que, además de dar a conocer la topografía de la ciudad y también su historia, permite estudiar el enigma de sus estilos, desde el gótico hasta el bizantino y el renacentista.
Para conseguir este resultado, no basta, sin embargo, con esbozar en perspectiva las calles y los palacios; es necesario medir, comparar, relacionar y, a continuación, dibujar a escala plantas, fachadas, pórticos, columnas, capiteles, balcones… Sólo de este modo se puede comprender, conocer a fondo y apreciar la arquitectura, sobre todo si se hace con la idea de transmitirlo a quienes, posteriormente, encontrarán en ello el testimonio y el recuerdo de una ciudad extraordinaria y de una experiencia singular.
Algunas obras:
John Ruskin: Estudio de la taracea de mármol de la fachada de la Casa Loredan, acuarela de Las piedras de Venecia.
John Ruskin: Ala meridional de San Marcos, vista desde la galería del Palacio Ducal, acuarela (Las piedras de Venecia)

John Ruskin, Las piedras de Venena

Las piedras de Venecia.
«John despierta el más vivo estupor entre todos los venecianos indistintamente, y no creo que hasta el momento hayan podido dilucidar si se trata de un pobre loco o de un genio. Nada logra hacerle desistir; tanto si la plaza se halla atestada de gente como si se encuentra desierta, es fácil verle, a cualquier hora, haciendo daguerrotipos, con la cabeza cubierta por una tela negra, o trepando hasta los capiteles, cubierto de polvo y telarañas como si acabase de realizar un viaje montado sobre la escoba de una bruja…»
Así es como describe Effie Gray a su esposo John Ruskin, que, fascinado por Venecia y sus “piedras”, se dedicó en cuerpo y alma a medir y dibujar, hacer bocetos y daguerrotipos, trepando por escalas de cuerda y andamios, examinando mosaicos y pinturas a la luz parpadeante de una vela, trabajando días enteros, en un esfuerzo por desentrañar los misterios del gótico.
John Ruskin (1819-1900): Capiteles bizantinos (de su libro Las piedras de Venecia).
Ruskin no se contenta con esbozar vistas y perspectivas de los principales monumentos venecianos, sino que profundiza en su estudio realizando meticulosos dibujos de los detalles; esta serie de capiteles es un ejemplo significativo.
Marinas que desconocían aquella roca, surgió con la potencia de sus voces corales el antiguo himno: el mar es suyo y él lo hizo, con sus manos preparó la tierra firme.
«Si bien las salas del Palacio Ducal ya no responden al carácter de los hombres que las edificaron, son, sin embargo, auténticos tesoros llenos de riquezas inestimables. Te soros, en verdad, tan preciosos y tan majestuosos que una tarde, paseando por el I.ido, donde asoma tras la lachada del Palacio Ducal la gran cadena de los Alpes con sus cimas coronadas por nubes de plata, me pareció que la vista del palacio no era menos impresionante que la de las montañas; y pensé que Dios había realizado un mayor portento al infundir en el mísero polvo espíritus tan poderosos como los que habían erigido esos muros gloriosos que al elevar aquellas moles de granito allende las nubes celestes y revestirlas con el cambiante manto de flores púrpuras y sombras silvestres.»
(John Ruskin, Las piedras de Venena).

John Ruskin biografia

John Ruskin en Venecia.
«El extranjero que desee comprender el espíritu que animó el ascenso de Venecia y la fuerza que le permitió alcanzar la victoria no trate de calcular la riqueza de sus arsenales ni el número de sus ejércitos, ni se pare tampoco ante la suntuosidad de sus palacios, ni pretenda desvelar el secreto de sus consejos. Suba, en cambio, hasta el último peldaño de la escalinata que rodea el altar de Torcello. Desde allí, mirando como un día hiciera el timonel las cimbras de mármol de la benigna nave-iglesia, repueble su veteado puente con las sombras de los marineros difuntos y trate de reproducir en sí mismo el sentimiento que se despertó en ellos cuando por vez primera, después de que las columnas fuesen hincadas en la arena y el techo hubiese cubierto el furibundo cielo, aún resplandeciente por el incendio de sus viviendas (por primera vez al abrigo de aquellos muros, entre el murmullo de las olas solitarias y el batir de alas de las aves